RELATOS

L’enyor del señor Marc

 

Y ya ve usted, lo que más recordaba era la escudella. Qué tontería, pensará usted, con todo lo que dejé aquí, y precisamente la escudella.

La mujer no pensaba nada, ni le parecía raro que añorara ese suculento manjar. Miraba las flores alrededor de la dunas, alimentadas de agua dulce y marina, con unos preciosos colores, y sus hojas, finas y delicadas, al menos en apariencia.

Tenía su gracia el barrio marítimo de Creixell. Las casas, no muy antiguas, habían sido construidas recreando un barrio de pescadores a pesar de que, según Carles Barral, no hubo pescadores en este pequeño pueblo de la costa de Tarragona. Alguno habría, pensó la mujer al leerlo, algo pescarían, aunque fuera un pequeño barat para hervir un caldillo y cocinar un arroz sencillo, pobre, pero sabroso.

Sentado en la arena, con el cuerpo apoyado en una pequeña barca de recreo que varaba todo el año delante de un pequeño edificio azul y blanco, el hombre mayor dejaba que el sol de la primavera avanzada le tostara, aún más, su rostro arrugado y nervudo. Los ojos, entornados, mostraban un azul como el de las aguas profundas. La mujer miró al hombre y respondió que le parecía normal que echara de menos, en tierras lejanas, la suculenta escudella.

La tarde era preciosa. La mujer, cuando bajaba a caminar por la playa, le veía apoyado en la barquichuela, sus ojos llenos de vida y nostalgia a partes iguales. Un día pensó qué pasaría si nos ocupáramos de saber la vida de alguien que está en el parque, o de la señora apoyada en la ventana, o del joven con apariencia indiferente que lía un peta. Nos encontraríamos con vidas intensas, pensaba, con historias únicas, de esas que, juntas, conforman la historia de la Humanidad. Y quiso hacer la prueba con el hombre apoyado, tarde tras tarde, en la barca azul. El hombre echaba de menos la escudella. Algo normal, pero con poco interés.

El señor Marc hacía apenas unas semanas que había llegado de Caracas. Pertenecía a la última hornada de emigrantes, aquellos que ya no se hicieron millonarios fundando fábricas de cigarros habanos, pero consiguieron un buen vivir. En el año cincuenta y nueve se marchó a Caracas, no porque la Revolución de Fidel le pareciera mala, pero al hombre joven que era entonces le había costado tanto hacerse con unos dinerillos, que tuvo miedo de que se esfumaran, un acto de cobardía, mire usted.

Cuando me marché de Creixell lloré mucho, no me avergüenza reconocerlo. En el barco sentía que el invierno me había entrado de golpe en el cuerpo, a pesar del calor, ya ve usted. Y luego la añoranza de la casa, de la escudella, de la madre. Parecía gallego, comprendía la saudade de los gallegos. Y ahora llego ¿y qué me encuentro? La casa convertida en pisos.

Ahí la mujer prestó atención. Dejó de fijarse en las flores, en el barrio, en las barcas y miró al hombre dispuesta a darle la razón, a despotricar todo lo posible contra el mal gusto de la gente, contra la tiranía del ladrillo. Pero el hombre seguía con la escudella.

No es que la nuestra fuera l’olla del capellà, pero no le faltaba nada. ¿Sap vusté aixó de que a l’olla de capellà vint-iuna coses bones hi ha? La nuestra no. Pero claro, la de ellos puede llevar veintiuna cosas buenas, no me extraña. ¿Sabe usted que los dueños de la casa donde vivíamos la dejaron en herencia a la Iglesia y la ha convertido en apartamentos? ¡Una casa como esa! Nosotros éramos los masoveros. Tampoco era escudella de pobre, la nuestra. ¿Ha escuchado usted aquello de escudella d’escopina, per la meva veïna, escudella de sagí, no la vull per mi?

Desde la casa nuestra se veían el mar y las viñas. Ocupaba un chaflán redondeado y cálido, donde el sol de la primavera y del invierno caldeaba tanto que no necesitábamos calefacción, sólo la cocina baja, la llar, donde la madre colocaba las trébedes y sobre ellas la escudella. Toda la cocina estaba impregnada de su olor.

A todo esto ¿usted ha comido escudella alguna vez? Claro que sí, cómo no va a comer escudella, en todos sitios se hace, la llaman de una u otra manera, pero se hace. En nuestra casa se hacía casi de pobre, para diario, y la de los festivos. Esa, esa, es la que yo recordaba siempre, la de los festivos.

Mi madre era una pagesa de las fuertes. Buena gente, de las de salpàs por un lado y carga de leña al hombro por otro. A la pobre le mataron al marido en la guerra… Fue un ajuste de cuentas, un tío que se puso una camisa azul… En fin, dejémoslo. Yo era jovenzuelo, casi un niño, hijo único, y entre mi madre y yo llevábamos la masovería de la casa que ahora han convertido en apartamentos. Qué naranjas, qué tomates, qué hortalizas. Los señores eran buena gente, aunque no hubiéramos sacado el trabajo –que lo hacíamos a excepción de las viñas- nos hubieran mantenido en su casa. Venían cada quince días a comer la escudella de la mare, y aunque eran sus propiedades, sus hortalizas, ellos bien que la pagaban, bien.

A mi me gustaba la de la primavera, con las habas tiernas. Coja usted un puñado de habas recién sacadas de la vaina y lléveselo a la cara. Muy cerca de la nariz, de otra forma no huelen a nada. Aspire fuerte con los ojos cerrados. La madrugada fresca de la primavera y el verano se le vendrá a la mente, el rocío, el heno recién cortado, y se le figurará verde ante los ojos. Da igual donde se encuentre usted, las manos ante la cara le llevarán al huerto, y del huerto al prado, y del prado a llanuras extensas de hierba fresca. Y pensará ¡Dios mío, toda esta tierra cabe en un puñado y el puñado en una olla!

Cuando venían los dueños la meva mare hacía la pelota con carne de cordero, si había, claro, y casi siempre había, que buen nevero había en casa para mantener los alimentos y los señores encontraran de todo, pues bien nos lo pagaban y buena falta nos hacía. ¿Ha escuchado usted eso de Marieta, si vols fer pilota, posa-hi cansalada i carn de moltó, pebre, julivert, un all i canyella. Ou i farina i pa de ratllador? Así, así la hacía la mare. Del gran mortero de alabastro, regalo en las bodas de mis padres, salía el olor de perejil recién cogido, del ajo picante y sobre todos, a pesar de la parvez, el de la canela, apenas un suspiro, pero por encima de todos, coqueta, contoneándose sobre el ajo y el pimentón.

Usted no dice nada ¿se ha dormido? Sí, sí, el sol es muy bueno, pero lleva aquí mucho tiempo y se está poniendo roja, quemada. Vamos a la sombra, si quiere. ¿Vive usted aquí? Dos años. Si hubiera usted conocido Creixell cuando yo era mozo, antes de irme a Cuba. Mucha viña, mucha. El vino se lo hacían a los dueños, pero a nosotros nos daban una bota. Desde pequeño me acompañaba con él para la escudella y la mare también, pero poco, poco, un vasito. Nuestra casa era hermosa, me encargaba personalmente de la capilla y de las palmeras, poco había que hacer con ellas, la verdad, pero con la capilla sí, a mi madre le gustaba que siempre hubiera flores. Ya ve usted, mucha iglesia, mucha iglesia, y la han vendido, capilla, casa y todo, a los buitres, porque eso es como darle margaritas a los puercos. ¡Qué pena de país!

¿Usted sabe hacer escudella? Seguro, seguro. Los días de fiesta la madre le ponía gallina, de las que ya no daban huevos, que los huevos servían para alimentarnos, enviarles a los dueños y el resto venderlos. Alguna vez le poníamos ternera, pero dos o tres veces al año. Cordero viejo casi siempre, oveja, de las que ya no parían, y bien hervida perdía ese olor fuerte. La carne que más me gustaba era la de cerdo, salada. Qué olor. Al principio un poco a rancio, pero apenas perceptible, después, conforme iban soltando la sal y potenciando los olores, sentía la misma sensación que cuando estaba delante de la lumbre en pleno invierno y el viento soplaba fuerte. Cálido, muy cálido. Cuando la carne despedía ese olor llegaba la primera cata, sí, sí, cata. La mare cortaba una rebanada larga de pan, la mojaba en el caldo, soplaba un poco para enfriarla, y me la daba, bamboleante, a punto de derrumbarse, pero nunca sucedía eso. Yo la cogía como si fuera la sagrada forma, por si acaso, colocaba una mano debajo, por el lado que se inclinaba, no fuera a caerse, y de un bocado comía la mitad, la parte más blanda, la otra la saboreaba más. La segunda cata llegaba un instante antes de añadir las verduras a la escudella. La mare sacaba con una espumadera el trozo de tocino, blanco, a punto de deshacerse, y con la punta de la rebanada del pan untaba un trozo, con rapidez, la introducía en el caldo, un instante, la sacaba, de nuevo soplaba para evitar mi quemadura y me la entregaba. Yo repetía la misma operación que con la cata anterior.

¡Lo que daría por volver a sentir en el paladar la cansalada! Era un trocito, pero qué intensidad, qué suavidad. Le parecerá a usted tan superficial todo esto… ¿No? Yo casi lloro, aunque a decir verdad lo hago porque la escudella va unida a la casa, no puedo separarlas. ¡Qué hermosa casa! Si lo hubiera sabido lo hubiera evitado. Sí, sí, la hubiera comprado. Ah, bueno, yo también sé dar dinero bajo mano, no sólo ellos.

Nosotros comíamos con los dueños. Eran cinco, el matrimonio, la madre de ella y dos hijos, una chica de mi edad, con la que jugaba… Cosas de niños. Mi madre acompañaba siempre que podía la escudella con una fuente de tomate muy picado, pan recién hecho, y el vino que los señores dejaban cada año para las comidas de ellos, no querían gastar el nuestro. Casi siempre, al marcharse, nos daban ¡un duro de plata! Mi madre hacía tres partes de él, una era para mi educación, para pagar la academia del señor cura (me cago en ya, y pensar que la iglesia ha vendido la casa), otra para las necesidades de la casa y la otra la guardaba por si algún día debíamos dejar la casa y marchar a otra de renta.

La escudella llevaba también verdura, aparte de las habas, que ya le he dicho. Patatas y nabos. Oiga, quedaban enteros, pero nada más pincharlos con el tenedor, se deshacían, las patatas igual. Y aparecían brillantes, como envueltos en una telilla de manteca, lo producía la cansalada, y de no tocarlos en toda la cocción, ese era el secreto. Y el apio, ah, el apio. Qué olor, entre picante, que no picaba, y frutal. Luego no sabía a nada, pero el olor, ese, y el del ajo de la pelota, inundaba toda la cocina. Estoy seguro que el apartamento que hayan construido donde estaba la cocina huele a apio. ¿No, verdad? Huele a dinero. Puerco dinero. ¿Usted sabe para qué quiere la gente tanto dinero? ¿Poder? ¿Para qué? En fin, usted y yo no vamos a arreglar el mundo. El olor lo impregnaba todo, sí, yo ya me voy, pues encantado, nos iremos juntos. Es que mi madre apenas abría la olla mientras cocía, no es que hiciera como con la adafina, ya sabe que los judíos sellaban con masa la perola, pero la abría lo justo, cuando me mojaba las dos rebanadas y cuando le añadía las verduras.

Aquí estaba la casa, toda esta esquina. ¿Cómo suya también? Lo que es la vida, amiga, usted también se enamoró de esta casa, y eso que sólo la conoció por fuera. ¿Pero usted escribe? ¿Y dice que situó aquí una novela? Bueno, que se imaginó que la escribía desde aquí… Estamos unidos para siempre por el amor a una casa que ya no existe ¿No es curioso? Estaré encantado, seguro que iré a su casa a comer escudella, y sin duda, que le saldrá igual de buena que a mi madre, al menos le pondrá una pizca de añoranza por nuestra casa y un mucho de amor por las cosas sencillas. Por favor, no le ponga la rabia por la desaparición, la estropearía.

© Isabel Goig Soler
http://www.tarragona-goig.org

Creixell

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©Isabel y Luisa Goig e Israel Lahoz, 2002