HISTORIA

El Tarragonés antes de los romanos

 

Resultaría difícil –y fuera del objeto del presente volumen- indagar en el principio de los tiempos y tratar de llegar hasta la primera habitación de la comarca del Tarragonés. La Paleontología y la Arqueología se han ocupado ya de ello.

Nos ceñiremos a transmitir del Tarragonés la impresión que nos ha producido desde la fascinación de lo mágico, de lo encantador, apoyado por los autores cuyas teorías nos han parecido con suficiente interés, además de la descripción de sus fiestas, ritos y lugares.

La comarca del Tarragonés está delimitada por el Mediterráneo y amparada por la cordillera Costero-Catalana, de la cual forman parte las Montañas de Prades. La recorren dos ríos, el Gaià y el Francolí. Como todas las fuentes y los cursos fluviales, también el río Gaià tiene su leyenda. El otorgar a las fuentes la calidad de mágicas se remonta al principio de los tiempos. El agua ha significado siempre la vida, a su alrededor se han tejido leyendas y a sus aguas se les han atribuido propiedades mágicas y curativas. A las ninfas de las aguas - Oceánides, Nereidas y Melias-, que representaban la fecundidad de la naturaleza, los romanos les levantaban altares rústicos cerca del manantial, y a las de los bosques y cavernas cerca del lugar donde se suponía que habitaban. También les sacrificaban productos de la tierra, como aceite, leche, miel y, hasta en ocasiones, animales. Dice Hübner, que en Tarragona adoraron a estas ninfas.

Con el paso del tiempo y la implantación del Cristianismo, aquellas ninfas, aquellos espíritus, aquella veneración por la naturaleza en todas sus manifestaciones, fueron sustituidas por una iconografía más trágica, menos alegre, pero bien arraigada, tanto, que es complicado rastrear en ella para encontrar la alegría de otros tiempos. El nacimiento del río Gaià –palabra que por cierto significa Tierra- no se sustrajo de esa influencia y cuenta también con una leyenda cristiana que comentaremos más adelante.

Monumento Jaime I en TarragonaUna leyenda, otra más, ha de ser situada antes de lo ibero y sus restos (como las murallas del siglo VI a.C. que protegieron a los cossetanos), y de lo romano y su evidencia. Se trata de la fundación de Tarragona atribuida a Hércules. La recoge Joan Salvat y Bové en su libro "La Ciutat y Camp de Tarragona" (1969). Otros aseguran, siendo más extendida esta versión, que fue Túbal, nieto de Noé; había recibido el encargo de su padre, Jafet, de poblar Europa, llegó a Cataluña, cerca de la desembocadura del río Francolí y así se explica –dice Salvat- que la primera ciudad de la Iberia se llame Tarrahona, nombre de su hijo primogénito Tarrahó. También Mosén Cinto Verdaguer recoge esta leyenda. Otra más antigua, dice que fue Júpiter, padre de los dioses, el mismísimo fundador, abandonando a Tiria, su esposa mortal, para instalarse en aquel bello lugar que después sería la opulentísima Tàrraco.

Los distintos pueblos que sucesivamente se fueron asentando en esta tierra, entre el Mediterráneo y la cordillera, fueron dejando en el Tarragonés y en toda la actual provincia de Tarragona, sus costumbres, sus dioses, su arte, sus ritos y su forma de trabajar la tierra. Unas cosas se han desdibujado, tanto, que apenas queda un guiño en el que poder apoyarse para lanzar una teoría, aunque fuera disparatada. Otras han permanecido, y gracias a ellas –y a las fuentes clásicas- se sabe que los cossetanos, pueblo ibero, habitaban la actual Tarragona. Dicen que tal vez su nombre se debiera a la destreza en disparar y manejar el arco, en cuyo caso el topónimo vendría de la voz oriental Koset, que significa "El arco de disparar flechas".

Yacimiento arqueológico Els Munts (Altafulla)

En los tratados de Prehistoria, Cossetania está considerada como una antigua región de la España oriental extendida por el litoral de Cataluña y comprendida entre los ríos Ebro y Llobregat –siempre fueron los ríos fronteras naturales-. Otros pueblos, que más tarde conformarían ese conglomerado de culturas que con el tiempo fueron las distintas tierras de la Península Ibérica, convivieron con ellos y compartieron en muchos casos culturas; por ejemplo con la Ilercaonia, al otro lado del Ebro; la Laletania, al Norte del Llobregat; y la Suesetania, pueblo que ocupaba las montañas de Prades.

Los pueblos orientales que, al igual que después los castellanos y portugueses hicieran a través del Atlántico, surcaban el Mare Nostrum en busca de nuevas tierras, se encontrarían unas ciudades fortificadas de las que todavía pueden verse restos de muralla ciclópea en Tarragona y en Olérdola (Ullastret). Las ciudades aparecen en Cataluña muy pronto, no sólo en la zona costera, sino en el interior, por ejemplo Ilerda, la actual Lérida.

Se sabe que fueron pueblos de procedencia oriental, como los griegos foceos, frigios, fenicios y cartagineses los que enseñaron a los iberos cossetanos a trabajar la tierra, a implantar una agricultura adecuada al clima, una agricultura que se hermanaría con toda la cuenca del mare nostrum, dando, con el paso de los siglos, su nombre a ese conjunto de cultivos.

Torre de los EscipionesCon estos pueblos llegaban sus dioses, sus relatos, mitad históricos, mitad legendarios, que serían recibidos por los nativos e incorporados a los suyos. Estudiosos hay que aseguran que en Tarraco se practicaba culto a Cibeles, diosa de la naturaleza. A Nemesis, hija de la noche, personificación de la venganza divina que castiga todo exceso, a cuyo culto los atenienses le dedicaban fiesta, y a la vez a sus muertos. Al gran Mitra, hindú, protector del orden, divinidad solar, único dios de los misterios paganos no ligado al culto de la vegetación, considerado, al igual que a Cristo entre los cristianos, como el intermediario entre Dios (Ahura-Mazda) y los hombres. Sus misterios consistían en un proceso de iniciación, en el que se administraba un bautismo de sangre de toro (taurobolia), por el que se aseguraba la inmortalidad del alma del iniciado, y en una serie de prácticas ascéticas. Esta religión pasó a Roma y se extendió por todo el imperio. También se practicaba culto a Atis, dios de los antiguos frigios de Asia Menor, pastorcillo abandonado de niño entre unas cañas a la orilla del Sangario, en Frigia, donde Cibeles lo descubrió y se enamoró de él; la diosa se opuso por celos a su matrimonio, y él, enloquecido, se emasculó; presa de remordimientos, Cibeles lo transformó en pino. El culto a Atis fue llevado a occidente junto con el de Cibeles, y a Roma antes del Imperio. En tiempos de Claudio este culto se manifestó en forma de gran drama místico, del 15 al 17 de marzo, al entrar la primavera; los dendróforos transportaban con gran pompa al palatino un pino envuelto como un cadáver, luego, tras unos días de ayunos y lamentaciones, los galos ideos, sacerdotes de Atis, se azotaban las espaldas y algunos llegaban a castrarse siguiendo el ejemplo del dios; los iniciados eran bautizados con la sangre de un toro; la ceremonia terminaba con banquetes y mascaradas, según los ritos orgiásticos. Su madre, Nana, una virgen, le concibió al poner sobre su regazo una almendra, según unos, y una granada, según otros. Árbol frutal éste que aparece en una pintura de Livia de origen ibero y que visten la tierra del Tarragonés. Hemos sabido por Frazer, entre otros, que el almendro, en la cosmografía frigia, representa al padre de todas las cosas. Sus flores, sonrosadas y delicadas, anuncian la primavera y visten de gala al paisaje abancalado propio de la agricultura mediterránea.

Los frigios eran muy buenos agricultores y debieron ser ellos, o los fenicios, o los cartagineses (todos ramas del mismo tronco) los que llegaron hasta esta región para enseñar a los cossetanos, o la tribu ibera que allí estuviera asentada, de qué manera ellos trabajaban la tierra y qué frutos obtenían. Maluquer de Motes da como segura la introducción de la vid desde Grecia y apunta que "La actividad griega (en los siglos VI-V a.V.) se dirigirá necesariamente hacia la elevación del nivel de vida indígena que habrá de constituir su clientela y a la que es necesario estimular su poder adquisitivo".

"Vell Silè" fragment de vas monumental amb decoració bàquica, S.II dC. (MNAT)Y esos pueblos orientales tal vez encontraran bárbaras las costumbres de los iberos, su caza, sus ritos. Aunque cierto debe ser que eran menos rudos que los celtíberos y se sabe, por pinturas encontradas, sobre todo en cerámicas, que al son de la música de la doble flauta y la tuba, acudían en procesión a los santuarios, en los oteros, en el puig, danzando con las manos cogidas, formando corros o serpenteando, tradición mediterránea que se ha mantenido hasta nuestros días. Como tantas otras, más o menos disfrazadas, y que traerían a este lado del Mediterráneo los seguidores de Atis, Mitra, Cibeles…

© Una mirada sobre el Tarragonés
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