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PAISANAJE Paseando con Gaudí por el Paralelo |
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En abril de 1905 se había inaugurado en el Paralelo el “Pabellón Soriano”, obra del arquitecto Audet, quien había tomado bajo su escuadra y cartabón la tarea de cambiar la calle Marqués del Duero y sustituir el gran número de cafés concierto y barracas, proliferantes por esa zona que se había dado en llamar el Montmartre barcelonés, por lujosas salas dignas de la gran capital que era ya Barcelona.
Gaudí y su padre, don Francisco, en la tarde del domingo de abril, paseaban por la Barceloneta mientras soñaban el mismo mar, pero unos kilómetros más al Sur, el que bañaba las costas tarraconenses, con una luz más vívida, unas tonalidades más definidas y con un marco de olivos y avellanos que no se podía ver en la Barcelona ya fabril. Un mar que se adivinaba en el Mas, entre golpe y golpe a la caldera, que se olía cuando el viento del Este llevaba hasta Riudoms el olor y hasta el sabor del salitre, y que por fin podía vislumbrarse apenas caminando unos kilómetros. Andariego impenitente, adaptaba el paso al ritmo del padre. Venían del l’Eixample, cuyas calles se empezaban a empedrar. Recorrían el paseo de Colón hasta las Atarazanas y enfilaron el Paralelo. Comentaban la mala suerte del Josep, el obrero que sufrió graves quemaduras en las piernas al caer en un depósito de ácido en la colonia de don Eusebio, y la generosidad de sus compañeros al donar la propia piel para evitar la amputación. Dos meses después del accidente, todavía el pobre hombre no había logrado vencer la infección y se temía por su vida. “La solidaridad que no venga de los obreros no llegará de ningún otro, Antoni”, decía don Francisco.
Él se había permitido el año anterior ir a ver a la gran actriz Fola Igurbide representando una obra que le interesaba, “Emilio Zola o el poder del genio”, sobre el asunto Dreyfus, en el Circo Barcelonés, de la calle Montserrat. Se empezaba a hablar ya de “La Fornarina”, la “Flor de Té” como la llamaban los franceses, esa hermosa mujer que triunfaba en París y anunciaba actuaciones en Barcelona. Difícilmente, le decía al hijo, podrá “La Fornarina” superar a “La Chelito” y su baile de La pulga. Su hijo estaba más atento a la chimenea de La Canadiense, entre las calles Palaudarias y Vila Vilá. Sonreía pensando que pronto las de su templo la superaría en altura.
Pasaron por “El Peñón”, delante del Teatro Arnau, en la confluencia de Conde de Asalto y el Paralelo. Allí había un gentío variopinto que rodeaba algo o a alguien. Gaudí, más alto que el resto del grupo, pudo ver a un charlatán que vendía un elixir para estimular el apetito. Don Francisco se entretuvo echando unas monedas por la boca enorme de una rana, acertando cuatro de seis y, contento como un chaval, invirtió las ganancias en comprar unos barquillos para Antonio, aficionado a todo lo dulce, quien dio buena cuenta de ellos, dejando que los restos se posaran en sus solapas sin inmutarse, como ya iba siendo costumbre en él.
Los dos Gaudí habían escuchado que en el café del Español tenía ahora su tertulia Salvador Seguí. Qué lugar este del Español, tres años antes se había decidido en su sala la Huelga General, y decían que Teresa Claramunt, oficiando de oradora, había acabado por convencer a los más de tres mil asistentes para que todos juntos se enfrentaran a la Patronal.
Alrededor del “Pabellón Soriano”, en la
acera contraria al “Peñón”, se arremolinaba un gentío mucho mayor. Por
todo el barrio, desde las Atarazanas a la plaza de España, desde las
Ramblas a Montjuich, se escuchaba una música potente que salía de la
fachada del establecimiento. Se inauguraba el teatro de los hermanos
Ricardo y Manuel Soriano y había sido invitada la crema de la burguesía
barcelonesa. Hasta los Güell y los Comillas que por supuesto no
acudirían (y no por las reiteradas críticas de Mosén Verdaguer, el pobre
muerto tres años atras y condenado al ostracismo mucho antes
precisamente por su empeño en criminalizar las fiestas mundanas) sino
porque ellos no iban más allá del Liceo, ahora vecino del palacio de la
calle Conde del Asalto, donde Gaudí había podido plasmar todo su ingenio
sin ningún tipo de cortapisa.
Padre e hijo se acercaron y esperaron con paciencia a que la gente entrara a presenciar la función para poder contemplar la fachada. Otra vez le llegó a Antonio el olor de las hierbas de su tierra, ahora le parecía aspirar el perfume de la retama que ya estaría amarilla en los bordes de los caminos mirando al mar, azul como sus ojos. La fachada del magnífico teatro presentaba la forma de un marco cuadrado, enorme, en el que aparecía encajado un “orquestrión” adornado con molduras de colores fuertes, de todos los colores, aunque dominaba el azulón. Muchas figuras de tamaño natural habían sido animadas por artefactos que las hacían girar dándoles un aspecto entre patético y cómico. De sus bocas, sonrientes, parecían salir las notas musicales que atronaban a todo el Paralelo. “Hasta del Diablo se pueden obtener ideas. Audet canviarà el Paral-lel”, pensó de nuevo el maestro y, todavía embobado, tomó a su padre del brazo para acercarse a tomar un refresco de ajonjolí en la taberna “El Paralelo”, junto al local “La Pajarera Catalana”, donde se daban cita los amantes de la noche barcelonesa para ver revistas subida de tono.
Gaudí conocía a Ramona, la propietaria.
Había tenido ocasión de probar su escudella y su fricandó
en casa de José Comas, director del Observatorio Fabra, del Tibidabo,
desde hacía más de un año, y en cuya casa Ramona trabajó de cocinera
hasta que se casó. Entonces, el matrimonio Comas le prestó el dinero
para que traspasaran la taberna, con la condición de que le pusieran el
nombre de “Paralelo”. El señor Comas sabía que por allí pasaba esa línea
ideal. Ramona accedió y con ese acto rebautizó el barrio. Había tenido
suerte la buena de Ramona, pues discurría por la calle el tranvía que
iba de Sants al Puerto, en sus inicios tirado por mulas, y “La General”,
empresa que lo gestionaba, había decidido fijar una parada delante de la
taberna.
Ramona, gozosa de ver por allí por primera vez al señor Gaudí y a don Francisco, corrió a la cocina para calentar una buena cazuela de fricandó, pero el arquitecto caminaba ya por la vida con una alimentación a base de nueces, pan con miel y pastelillos de San Antonio y no consintió, para sorpresa de la buena cocinera, probar el consistente guiso, del que sí dio buena cuenta don Francisco. Ramona se medio quejaba de la proliferación de anarquistas en el barrio, aunque, aseguraba, le dejaban buen dinero, no tanto como a la taberna “La Tranquilidad”, donde se reunía lo más granado del anarquismo.
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Isabel Goig Soler |
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