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Cuando,
desde la austera Castilla y tras cruzar el sentido Aragón, el vehículo
se desvía a la derecha para entrar en el Baix Penedés, recibe al
visitante una tierra que se nota duramente trabajada. Nada de grandes
extensiones de cultivo de secano. Nada tampoco de grandes tierras de
regadío, que la relativa baja pluviosidad no permitiría. Sí en cambio
cultivos que requieren mucho esfuerzo, mucho mimo, mucho seny.
Sobre todo viñas que luego darán un vino con el que ritualizar la vida
diaria. Amparando esa variedad de olivos, almendros, algarroberos y
viñas, se asientan en la tierra los mundos cerrados y autosuficientes que
son las masías.
Con
rapidez se pasa del paisaje de labor a la vista del mar Mediterráneo, tan
cálido, tan nuestro, tan transmisor de culturas a través del Ebro por
donde hizo llegar de manos de hombres exóticos raras figurillas de
terracota, perfumes refinados, botones bellísimos, hacia una Celtiberia
dedicada a luchar, a criar ganado y a domesticar caballos. Pero también
ese mar tan castigado, a cuyas costas han llegado, muchas veces, con
ánimo de rapiña.
Poco
tiempo y no muchos kilómetros se necesitan para recorrer por la costa,
desde Roda de Bará a Salou, la delimitación por el Este del Tarragonés;
desde el mar, una suave curva asciende hasta encerrar en un semicírculo,
con dos ríos en su interior, toda la comarca. En el centro de ella se
asienta Tarragona. Desde el Pla de la Seo, como el anxaneta
desde lo alto del castell, con algo de imaginación, podemos
abarcar todo el Tarragonés, playas y más playas que ahora morenean
pieles protegidas y antes servían para recibir, con alegría o rabia,
pueblos exóticos con semillas de almendros, alargadas narices, petos de
cuero o pendientes y patas de palo. Adivina el anxaneta los
cimientos de enormes muros con los que los cosetanos se defendían. Abajo,
junto a la playa del Milagro, cree ver a vírgenes y mártires, defendidos
por leones con buena memoria. Al fondo, junto a un fortín que sirvió
para mantener a raya a los de la pata de palo, ve el pequeño anxaneta,
desde lo más alto de la torre humana, remolinos de polvo que no es arena,
sino lo que queda de tarragoneses que, para siempre, dormirán bajo el
azul mediterráneo, junto a la cuva del santo Magín, quien, a buen
seguro, tocará con su cayata el fondo del mar y conseguirá agua dulce
para sus invitados. Durante
un instante por los ojos del pequeño, ojos de todos los anxanetas
que han sido, pasan los caballeros Templarios, con tanta consideración
tratados, pues no en vano el arzobispo era familia del maestre, pasan
reyes codiciosos que veían en esta tierra recorrida por el mestral,
buena productora de olivos, de vino, de hombres fieles, de pageses que la
aman y son capaces de defenderla hasta morir por ella. Mar de pesca y sal
con la que los romanos fabricaron su garum, y sus sucesores secaron
el bull. Puertos como el de Salou, de donde salía el vino, los
barriles, las avellanas y almendras que un día trajeron pueblos lejanos,
aceite… Vemos también, con el pequeño, la costa protegida por torres
desde las que los cristianos se comunicaban para avisar del peligro de los
Barbarroja, de los Cachidiablo.

Y,
delante de la Catedral, nuestros privilegiados ojos ven danzas de las que
no podemos decir si han llegado del interior o han sido portadas hacia
él. Fuego que sale de la boca de los diablos, palos que entrechocan
reclamando o agradeciendo la fertilidad de la tierra, castillos que
pretenden rozar el cielo…Y, en las casas, adivinamos a los ancianos que
guardan las costumbres y los ritos, y los transmiten a sus nietos;
ancianos que dirigen la ceremonia de fe cagá al Tiò, o que
recuerdan al bandido Serrallonga mientras asan castañas para la noche de
Todos los Santos y cuentan a los más pequeños la historia del nacimiento
del río Gaià.
Nosotros,
respetuosos, vamos a entrar en esas casas, hasta los mismos fogones donde
las mestressas majan la almendra para elaborar el romesco;
penetraremos también en el Costumari de Joan Amades; si podemos, nos
convertiremos en anxanetas, en león para ver desde su altura el
anfiteatro, en pirata con la pata coja para ver el catalejo desde la torre
de la Mora, en romanos y, si es posible, en follets para ver enfada
a la Verge Grossa porque el niño gasta las suelas de sus zapatos.
© Una mirada sobre el Tarragonés
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